domingo, 11 de noviembre de 2012

Niño niño...

Es tu sonrisa la que me impulsa a escribir algo sobre ti. Verte tan sonriente con esos ojos que no puedo dejar de ver esta noche de madrugada cuando mis ganas pueden más que mi sentido común.

Tu generosa disposición para dejarme ver tus cosas menos privadas me ilusionó al pensar que estuve a punto de hacerlo yo también, pero no me atreví. Es extraño, no se si te esperé pero creo que ya adivinaba tus acciones, aunque la realidad juvenil me dice que fue solo un acto social que se cumple para tener mayor número de amigos. Pero no importa, estar ilusionada puede hacerme cambiar un lágrima por una sonrisa, un mal gesto por un abrazo (aun cuando no me gusta hacer eso), una palabra por un beso.

Calor de primavera, puede ser. Los nervios de estar en las últimas instancias y la ocasión de conocer a alguien los últimos días acelera mis ganas de poder tener una posibilidad. Y tú tan sonriente que parece que estás a gusto así, con tus dos años menos que yo, que sirve para mantener mi mente despierta como tu rostro y tu sonrisa tan grande como podría ser mi felicidad.

Lamento haberte incluido en mis fantasías de madrugada cuando el sueño ocupa más importancia que mis deberes, pero esto lo venía pensando desde unos días, cuando tu mirada y la mía se cruzaban desde un piso muy alto separado por un pasillo, desde que te vi caminando, desde que supe que compartíamos las mismas aficiones, desde que me di cuenta de que existías. Lo lamento, pero mientras recobro el conocimiento y la cordura, déjame decirte que eres el chico (físicamente) que atrae mis miradas en una calle cualquiera, eres atractivo aún cuando no tienes fotos desnudos mostrando tu escultural figura (jaja es chiste), me gusta que te hagas el interesante aún cuando no hemos cruzado palabras, pero sí miradas entre personas  y diálogos compartidos. Sí pues, me gustas niño.


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